Al final de ese camino está Napo, una provincia ubicada en la región amazónica de Ecuador que toma su nombre de un río que, además, le da vida comercial y permite la comunicación de los pequeños poblados que emergen en medio de árboles y montañas exóticas. Es allí donde comienza el amazonas, la región más biodiversa del mundo, que se extiende hasta Colombia y Brasil.
El mejor paisaje en la ventana de un bus
El camino hasta el Amazonas comienza en Quito, a través de una vía rápida que de a poco se pierde entre la cordillera de los Andes. El clima tropical de la capital ecuatoriana queda atrás y con el paso de las horas el frío se siente con mayor intensidad. Es entonces cuando la neblina se adueña del panorama ocultando por momentos las montañas; y en algunos puntos de la vía se revela un paisaje majestuoso, en el que volcanes como el Cotopaxi muestran su belleza natural, esa que atrae viajeros desde el otro lado del mundo.
Un par de horas más tarde el paisaje se transforma de nuevo para dar paso a lagunas, algunos frailejones y vegetación cada vez más enana. La vía se interrumpe por cascadas y riachuelos cristalinos que no impiden el tráfico pero obligan a bajar la velocidad, haciendo la experiencia aún más interesante.
Tras cinco horas de ruta ya se han alcanzado 3.300 metros sobre el nivel del mar, y es entonces cuando se llega a Papallacta. Allí una posada abre sus puertas para que los viajeros cansados se relajen en el mejor escenario posible: piscinas de aguas termales que descienden del glaciar que hay justo detrás de las cabañas.
En medio del hospedaje también hay caminos de aguas volcánicas, cuyo vapor calienta las habitaciones y las convierte en el lugar perfecto para la noche fría que ya llegó. Al frente, en medio de los riachuelos, los turistas se sumergen mientras forman una tertulia con los nativos que acompañan la travesía. Las historias son como sacadas de una fábula: rituales con ayahuasca, la planta sagrada que por cientos de años ha curado a los miembros de las tribus; jornadas de caza con cerbatanas, flechas y lanzas; así como danzas típicas que celebran cada día los milagros de la naturaleza.
El sonido de los animales silvestres es el único que acompaña la hora de dormir. No hay televisión, ni radio. Aquí no hacen falta.
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| Amazonas: el lado salvaje de Ecuador |
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La fascinación de viajar en medio de culturas ancestrales, ríos, volcanes y descansar en aguas termales le da otro giro a la experiencia de visitar Ecuador.
por: Vanesa Restrepo
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El mejor paisaje en la ventana de un bus
El camino hasta el Amazonas comienza en Quito, a través de una vía rápida que de a poco se pierde entre la cordillera de los Andes. El clima tropical de la capital ecuatoriana queda atrás y con el paso de las horas el frío se siente con mayor intensidad. Es entonces cuando la neblina se adueña del panorama ocultando por momentos las montañas; y en algunos puntos de la vía se revela un paisaje majestuoso, en el que volcanes como el Cotopaxi muestran su belleza natural, esa que atrae viajeros desde el otro lado del mundo.
Un par de horas más tarde el paisaje se transforma de nuevo para dar paso a lagunas, algunos frailejones y vegetación cada vez más enana. La vía se interrumpe por cascadas y riachuelos cristalinos que no impiden el tráfico pero obligan a bajar la velocidad, haciendo la experiencia aún más interesante.
Tras cinco horas de ruta ya se han alcanzado 3.300 metros sobre el nivel del mar, y es entonces cuando se llega a Papallacta. Allí una posada abre sus puertas para que los viajeros cansados se relajen en el mejor escenario posible: piscinas de aguas termales que descienden del glaciar que hay justo detrás de las cabañas.
En medio del hospedaje también hay caminos de aguas volcánicas, cuyo vapor calienta las habitaciones y las convierte en el lugar perfecto para la noche fría que ya llegó. Al frente, en medio de los riachuelos, los turistas se sumergen mientras forman una tertulia con los nativos que acompañan la travesía. Las historias son como sacadas de una fábula: rituales con ayahuasca, la planta sagrada que por cientos de años ha curado a los miembros de las tribus; jornadas de caza con cerbatanas, flechas y lanzas; así como danzas típicas que celebran cada día los milagros de la naturaleza.
El sonido de los animales silvestres es el único que acompaña la hora de dormir. No hay televisión, ni radio. Aquí no hacen falta.
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Duván Chaverra
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