Después sobrevino el silencio. Luego de la hidroterapia me llevaron a la cabina de masajes, la experiencia más clásica y representativa de un spa. Una hora treinta minutos pasaron antes de que Alejandra dejara de “castigar” mi piel.
El masaje inicia boca arriba. Con la destreza esperada, la masajista empieza a hacer los movimientos adecuados, a impactar con fuerza precisa las áreas afectadas de mi cuerpo. Hoy al escribir esta nota debo reconocer que no recuerdo mucho de esa experiencia, pues atendiendo mis instintos más vulgares caí plácidamente dormido. Eventualmente me despertaba y ni siquiera recuerdo cuando me volteé a que me hicieran los masajes en la espalda.
“Terminamos. Es hora de pasar a la limpieza facial”, dijo Alejandra, haciéndome la señal de que esa etapa del sueño había terminado.
La limpieza facial es una de esas cosas que los hombres sencillamente no comprendemos. Mejor dicho, no está en nuestro ADN. Cuando la esteticista me invitó a esta etapa realmente no entendía muy bien qué era a lo que me iba a someter. Sólo escuché limpieza facial profunda, un nombre gratificante pero asustadizo.
Todo comenzó con una exfoliación, que es el proceso por el que con una solución acuosa, fría, retiran las células muertas. Luego, ya acostado en una camilla, empiezan a disparar un chorro de vapor por toda la cara, proceso que se conoce como vaporización y que busca dilatar los poros para facilitar el siguiente proceso.
Una vez abiertos los poros se procede a la extracción, que es como un exorcismo facial: manualmente proceden a sacar esos “demonios” sebáceos que están alojados en las capas más superficiales de la dermis del rostro. Duele un poco, pero después se siente la diferencia y esto termina justificando la molestia inicial. Dado que el proceso es ligeramente invasivo se tiene que hacer una cauterización, que en otras palabras es el cierre de las heridas iniciales; ésta se hace con una mascarilla hidratante -que también refresca e incita al sueño- y se sella (clausura) la etapa con pantalla solar.
Era la hora del almuerzo. Antes, sin embargo, estuve en el bar de oxígeno, un espacio bastante cómodo, pero difícil de describir. Una silla reclinable ubicada al lado de un aparato con cuatro fuentes de oxígeno con esencias diferentes, de las cuales sale una cánula que se inserta en la nariz. Cada una tiene propiedades diferentes. Yo escogí la de menta, que sirve para energizar.
“Aquí se oxigena la sangre y esto ayuda para un mejor funcionamiento de los órganos; quita el dolor de cabeza, la tensión, la resaca. Luego de su uso continuo los resultados se ven en la piel”, diría Alejandra al percibir, quizás, un dejo de asombro en mi cara.
Así terminó la primera etapa. Eran cerca de las dos de la tarde.
Placer a la carta
Y llegó el momento de otro de los grandes placeres de la vida: la comida (en este caso sería el almuerzo). En la terraza, un sector dentro del hotel que combina tanto espacios bajo techo como al aire libre, y que hace parte del restaurante La Fragata, esperaba un fantástico filete de róbalo en salsa bechamel, con arroz con coco. Nuevamente jugo de mandarina y, para rematar, brownie con helado como postre.
Tengo que ser honesto. Después de almorzar, y creo que a todos nos pasa, me embriagó una sensación de sueño, la tradicional modorra de la mitad de la tarde, capaz de mandar a la lona al boxeador con la quijada más firme. Afortunadamente ya habíamos entrado a la parte final del tratamiento en donde sólo quedaban pendientes dos actividades.
Inició con un manicure y pedicure, como para sugerir que un spa no sólo es relax, sino también estética, cuidado, apariencia. De este se pasó a la presoterapia, una actividad en la que se hace un drenaje linfático con el que se busca desintoxicar el cuerpo. Esta práctica es algo extraña. Hay que acostarse en una camilla en la que te recubren desde la cintura hasta los pies con una especie de traje similar al que se utiliza cuando uno se va a sacar una radiografía. La diferencia es que este traje no se cuelga, sino que se fija con velcros. Una vez fijado la máquina que lo controla empieza a emitir calor y el traje va ejerciendo presión sobre los muslos, pantorrillas, tobillos, etc.
Todo terminó a las cinco de la tarde. Quedé “listo” para un viaje que tenía para el día siguiente. Los resultados se sienten de inmediato y queda una sensación de frustración, pues no siempre es factible disfrutar de este tipo de experiencias. Algo que me vino a la cabeza es que como agente de viajes, mayorista u operador la comercialización de servicios de relajación en un spa puede ser algo novedoso y una buena oportunidad de negocios. También quedé con la sensación de que puede ser un gran incentivo para sus colaboradores.
Gloria Cuellar, la responsable del Nirvana Spa
La historia de Gloria es de esas que indican que con decisión y perseverancia todo es posible. Comenzó hace 30 años en el mundo de la estética, ofreciendo servicios en uno de los gimnasios más reconocidos de Medellín. Cuando vio que el negocio estaba teniendo la demanda suficiente decidió que lo mejor era independizarse y dedicarse de tiempo completo al centro de estética, que para ese entonces tenía su mismo nombre. Después de un tiempo realizó estudios en México y España.
“Quisimos después llamarlo Nirvana por el significado, por lo que encierra esta palabra. Para decirlo de otra manera, queríamos que cuando alguien nos visitara alcanzara un estado similar a la máxima expresión del ser”, contó al finalizar la experiencia.
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| En el imperio de los sentidos |
| Un viaje en el tiempo |
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Un viaje en el tiempo Después sobrevino el silencio. Luego de la hidroterapia me llevaron a la cabina de masajes, la experiencia más clásica y representativa de un spa. Una hora treinta minutos pasaron antes de que Alejandra dejara de “castigar” mi piel.
El masaje inicia boca arriba. Con la destreza esperada, la masajista empieza a hacer los movimientos adecuados, a impactar con fuerza precisa las áreas afectadas de mi cuerpo. Hoy al escribir esta nota debo reconocer que no recuerdo mucho de esa experiencia, pues atendiendo mis instintos más vulgares caí plácidamente dormido. Eventualmente me despertaba y ni siquiera recuerdo cuando me volteé a que me hicieran los masajes en la espalda.
“Terminamos. Es hora de pasar a la limpieza facial”, dijo Alejandra, haciéndome la señal de que esa etapa del sueño había terminado.
La limpieza facial es una de esas cosas que los hombres sencillamente no comprendemos. Mejor dicho, no está en nuestro ADN. Cuando la esteticista me invitó a esta etapa realmente no entendía muy bien qué era a lo que me iba a someter. Sólo escuché limpieza facial profunda, un nombre gratificante pero asustadizo.
Todo comenzó con una exfoliación, que es el proceso por el que con una solución acuosa, fría, retiran las células muertas. Luego, ya acostado en una camilla, empiezan a disparar un chorro de vapor por toda la cara, proceso que se conoce como vaporización y que busca dilatar los poros para facilitar el siguiente proceso.
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Una vez abiertos los poros se procede a la extracción, que es como un exorcismo facial: manualmente proceden a sacar esos “demonios” sebáceos que están alojados en las capas más superficiales de la dermis del rostro. Duele un poco, pero después se siente la diferencia y esto termina justificando la molestia inicial. Dado que el proceso es ligeramente invasivo se tiene que hacer una cauterización, que en otras palabras es el cierre de las heridas iniciales; ésta se hace con una mascarilla hidratante -que también refresca e incita al sueño- y se sella (clausura) la etapa con pantalla solar.
Era la hora del almuerzo. Antes, sin embargo, estuve en el bar de oxígeno, un espacio bastante cómodo, pero difícil de describir. Una silla reclinable ubicada al lado de un aparato con cuatro fuentes de oxígeno con esencias diferentes, de las cuales sale una cánula que se inserta en la nariz. Cada una tiene propiedades diferentes. Yo escogí la de menta, que sirve para energizar.
“Aquí se oxigena la sangre y esto ayuda para un mejor funcionamiento de los órganos; quita el dolor de cabeza, la tensión, la resaca. Luego de su uso continuo los resultados se ven en la piel”, diría Alejandra al percibir, quizás, un dejo de asombro en mi cara.
Así terminó la primera etapa. Eran cerca de las dos de la tarde.
Placer a la carta
Y llegó el momento de otro de los grandes placeres de la vida: la comida (en este caso sería el almuerzo). En la terraza, un sector dentro del hotel que combina tanto espacios bajo techo como al aire libre, y que hace parte del restaurante La Fragata, esperaba un fantástico filete de róbalo en salsa bechamel, con arroz con coco. Nuevamente jugo de mandarina y, para rematar, brownie con helado como postre.
Tengo que ser honesto. Después de almorzar, y creo que a todos nos pasa, me embriagó una sensación de sueño, la tradicional modorra de la mitad de la tarde, capaz de mandar a la lona al boxeador con la quijada más firme. Afortunadamente ya habíamos entrado a la parte final del tratamiento en donde sólo quedaban pendientes dos actividades.
Inició con un manicure y pedicure, como para sugerir que un spa no sólo es relax, sino también estética, cuidado, apariencia. De este se pasó a la presoterapia, una actividad en la que se hace un drenaje linfático con el que se busca desintoxicar el cuerpo. Esta práctica es algo extraña. Hay que acostarse en una camilla en la que te recubren desde la cintura hasta los pies con una especie de traje similar al que se utiliza cuando uno se va a sacar una radiografía. La diferencia es que este traje no se cuelga, sino que se fija con velcros. Una vez fijado la máquina que lo controla empieza a emitir calor y el traje va ejerciendo presión sobre los muslos, pantorrillas, tobillos, etc.
Todo terminó a las cinco de la tarde. Quedé “listo” para un viaje que tenía para el día siguiente. Los resultados se sienten de inmediato y queda una sensación de frustración, pues no siempre es factible disfrutar de este tipo de experiencias. Algo que me vino a la cabeza es que como agente de viajes, mayorista u operador la comercialización de servicios de relajación en un spa puede ser algo novedoso y una buena oportunidad de negocios. También quedé con la sensación de que puede ser un gran incentivo para sus colaboradores.
Gloria Cuellar, la responsable del Nirvana Spa
La historia de Gloria es de esas que indican que con decisión y perseverancia todo es posible. Comenzó hace 30 años en el mundo de la estética, ofreciendo servicios en uno de los gimnasios más reconocidos de Medellín. Cuando vio que el negocio estaba teniendo la demanda suficiente decidió que lo mejor era independizarse y dedicarse de tiempo completo al centro de estética, que para ese entonces tenía su mismo nombre. Después de un tiempo realizó estudios en México y España.
“Quisimos después llamarlo Nirvana por el significado, por lo que encierra esta palabra. Para decirlo de otra manera, queríamos que cuando alguien nos visitara alcanzara un estado similar a la máxima expresión del ser”, contó al finalizar la experiencia.
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