En el imperio de los sentidos |
Página 1 de 2 Esta no es una crónica sobre cine. Más bien, plasma en el papel de lo que podría ser una de las mejores experiencias en la vida de una persona: un día en un Spa.por Julián Arcila El bienestar y la relajación son palabras que tienen diferentes significados de acuerdo con la persona que las experimenta. Sin embargo intentaré hacer una descripción de ellas para mi lector, con esa infinidad de personajes -yo, tú, él, nosotros, ellos- que observan al otro lado de las páginas de esta revista. Lo invito a hacer un ejercicio: piense qué es lo primero que se le viene a la cabeza cuando piensa en relajación. ¿Vivir en una isla paradisíaca con Megan Fox, Sandra Bullock o Cristiano Ronaldo -si no hablo de lector sino de lectora-?, ¿No tener que volver a trabajar?, ¿Que el suegro o la suegra se queden mudos? Si interpretamos lo que significan las situaciones descritas anteriormente concluiremos en que se asocian con el placer, el descanso y la tranquilidad. Pero para alcanzar estos beneficios no es necesario sentarse a esperar a que se presente alguna de las oportunidades hipotéticas mencionadas en el párrafo anterior. Evocando la canción “Un verano en Nueva York” de El Gran Combo de Puerto Rico, podría aconsejarle: si tu quieres descansar, tranquilo y con placer, sólo tienes que pasar todo un día en un spa. Y para saber si era cierto atendimos la invitación del Nirvana Spa, ubicado en el Hotel Park 10, de Medellín, Colombia, un “cinco estrellas” situado en El Poblado, una de las zonas más exclusivas de esta ciudad colombiana, y desde donde se tiene un cómodo y rápido acceso a cualquier tipo de establecimiento comercial, desde concesionarios de automóviles de gama alta, hasta lujosas boutiques y tiendas de reconocidos diseñadores y joyeros. La promesa de la experiencia hotel-spa era clara: sentir cómo a pesar de estar en un viaje de negocios, el viajero puede experimentar la comodidad y relajación que muchas veces no puede disfrutar ni en su lugar de origen. Tal como sucede con los tradicionales comerciales de TV de los detergentes, acepté el reto, me puse la bata y por un momento dejé atrás el estrés de mi día a día. El jugo de mandarina Mucha gente que no lo ha tomado, pero créanme que es de las cosas más ricas que hay. Así me recibieron en el front desk del Park 10, en donde al momento del check in ofrecen una variedad de bebidas que el huésped puede disfrutar en una acogedora sala con un indiscutible toque de palacio inglés. Luego de dejar a Gloria Palacio, directora de mercadeo del Hotel, me asignaron la habitación, una suite de dos niveles en el séptimo piso, desde donde podía disfrutar de las colinas de “la ciudad de la eterna primavera” mientras terminaba el jugo de mandarina. Luego de instalarme en la habitación bajé al segundo piso del hotel que es donde está la puerta de entrada al Nirvana spa. Allí me esperaba gran parte del equipo encabezado por Gloria Cuellar, su fundadora, junto con Alejandra, la encargada de mostrarme que la palabra bienestar tiene un complejo e indescriptible significado. El spa tiene tres pisos: el primero, que es donde se realizan actividades como la limpieza facial y la presoterapia; el segundo, donde se dan los cursos de pilates y están el baño turco y el sauna; y el tercero, que alberga las salas de masajes y la tina de hidroterapia. Era el momento de quitarme la ropa y menos mal que era así, porque ya la percibía meramente como una barrera entre mi ser y su “estado superior”. Esto sucedería en el tercer piso. Bajamos al segundo y allí me abrieron los poros. La actividad consistía en pasar al sauna, permanecer allí varios minutos para luego someterme a chorros de agua fría. La actividad se repitió un par de veces y luego hicimos lo mismo, pero esta vez en el turco. En el primer caso tuve la sensación de un un calor seco y en el segundo de calor húmedo. Posteriormente recibí un chorro de agua fría. Esta fase finalizó con un vaso de té helado de limón, pues la temperatura corporal, pese al agua, permanece alta. La embarrada Espere lector, no se lleve por las apariencias. No pasó nada malo, el título se refiere concretamente a la fase que describiré a continuación y en la que me cubrieron todo el cuerpo con lodo o barro: me ubicaron en una camilla donde me aplicaron lodo en un proceso de exfoliación (remoción de células muertas), lo cual en realidad puede hacerse con varias sustancias, como el chocolate. “A los hombres casi no les gusta ponerse nada pegajoso, pero a nosotras las mujeres sí”, anotaba Alejandra mientras me embadurnaba con la sustancia marrón de textura arenosa/acuosa. La sensación es extraña, pero agradable pues el calor del cuerpo cede paulatinamente con lo frío del lodo. Huele rico. Me volteo para me lo apliquen en la espalda, brazos y piernas. Vuelvo a mi posición inicial y esta vez mi acompañante me dice que me relaje y se va. Caigo dormido. No sé cuanto tiempo transcurrió hasta que ella volvió; en un spa se pierde la noción del tiempo, además de que te quitan celulares, relojes y cualquier aparato que lo abstraiga a uno del relax total. Luego de que me eliminaran las impurezas de la piel me llevaron a una “envoltura en algas”, fría también. Alejandra me cubría con la crema, verde, y luego me puso en una fuente de calor a temperatura media. Allí hidrataron mi piel y para ese entonces ya me sentía todo un metrosexual. Caí de nuevo en un profundo sueño. Tampoco fui consciente del tiempo que transcurrió: ¿10, 15 minutos?, no lo sé. Ya Morfeo estaba logrando su objetivo y mis ojos estaban en la trastienda. Luego apareció el agua. Después de lodo y algas era el turno de la hidroterapia. Una tina tipo jacuzzi se llenó de agua a temperatura media, aunque para los hombres, por su mayor masa muscular, el nivel puede ser más alto. Agua con esencia de lavanda, relajante, chorros de agua caliente a presión golpean todo el cuerpo, relajación total, Morfeo otra vez. Era tan relajante la experiencia que por un momento podría decir que mi vida estuvo en riesgo. Mientras dormía me fui sumergiendo en la tina sin darme cuenta y si no es por Alejandra no estaría escribiendo esta nota, pues me despertó para decirme que la sesión había terminado y que era hora del snack: canasta de frutas en yogur natural.
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