La magia de esta isla del Caribe atrae a cualquier turista con una perfecta mezcla de paisajes, cultura, historia y gastronomía.
por Vanesa Restrepo
Ningún amanecer se compara con el de las mañanas habaneras. El sol se refleja en cálidos tonos sobre el mar embravecido que rodea la ciudad y lentamente comienza a tornarse azulado hasta que, de un momento a otro el paisaje se ve bañado por un sol esplendoroso.
El sonido de las guaguas (sistema de transporte local) indican que la jornada de trabajo comienza y aunque es mitad de semana ya hay varios turistas con cámara en mano recorriendo la costa, mirando el faro desde el fuerte que bordea la vía principal. Con unos cuantos sones de fondo, el olor del buen tabaco a pocos metros de distancia y el sonido de las hieleras mientras se preparan los ingredientes para los cientos de mojitos que se ambientarán la tarde, la vida en Cuba despierta de nuevo.
Pasear por las principales calles de la isla es como vivir en medio de la escenografía de El Padrino. Carros históricos que en cualquier otro lugar del mundo se pagarían por millones de dólares para las colecciones de los museos se pasean aquí como cualquier último modelo, con la pintura brillante, transportando locales o paseando turistas por unos cuantos pesos.
Las casas coloniales, de dos y tres plantas, bordeadas de aceras con palmeras aparecen decoradas por plantas ornamentales de vistosos colores, mientras que en la zona más cercana a la playa los murales con intensas pinturas, graffittis y decoraciones comienzan a aparecer en las fachadas, para darle al paisaje ese sabor particular que tiene El Caribe.
Historia viva
Al recorrer la capital y a medida que se llega al centro, edificios centenarios, castillos, murallas y monumentos de gran tamaño comienzan a levantarse y los autos desaparecen como por arte de magia. La brisa constante hace que todo parezca vivo: se escucha música en casi todos los rincones y en el centro de la plazuela se extienden numerosos estantes de libros con la historia de la gente que ha habitado esta tierra por varios siglos y la de una revolución que los volvió famosos hace ya 50 años.
La barba de Fidel y el gorro con la estrella de "El Che" son lugares comunes aquí; se encuentran en las tapas de los libros, en los portavasos de los restaurantes y entre los souvenires, donde también aparecen fotografías de las mulatas vestidas de colores, las maracas, los tabacos y las botellas del mejor ron.
Caminar por los cinco kilómetros cuadrados que componen La Habana Vieja, declarada como patrimonio de la Unesco es de por sí todo un placer. Se puede recorrer el Palacio del Gobernador, la Plaza de Armas y la de San Francisco y terminar por el Malecón Habanero.
En el camino, sin excepción, aparecerán figuras particulares de la cultura cubana: militares con trajes antiguos y gafas oscuras, ancianos con tabacos que se abren espacio entre espesas barbas, bailarinas de son, grupos musicales y hasta perros que te saludan mientras decoran la bandera cubana con un botón que tiene el rostro de Obama.
El regreso al hotel puede hacerse en un cocotaxi, un híbrido vistoso entre motocicleta o taxi que permite viajar a una velocidad considerable, tomar buenas fotos y sentir la brisa de la tarde en el rostro.
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| Índice del Artículo |
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| Cuba, para todos los gustos |
| La gente y su cultura |
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La magia de esta isla del Caribe atrae a cualquier turista con una perfecta mezcla de paisajes, cultura, historia y gastronomía.por Vanesa Restrepo
Ningún amanecer se compara con el de las mañanas habaneras. El sol se refleja en cálidos tonos sobre el mar embravecido que rodea la ciudad y lentamente comienza a tornarse azulado hasta que, de un momento a otro el paisaje se ve bañado por un sol esplendoroso.
El sonido de las guaguas (sistema de transporte local) indican que la jornada de trabajo comienza y aunque es mitad de semana ya hay varios turistas con cámara en mano recorriendo la costa, mirando el faro desde el fuerte que bordea la vía principal. Con unos cuantos sones de fondo, el olor del buen tabaco a pocos metros de distancia y el sonido de las hieleras mientras se preparan los ingredientes para los cientos de mojitos que se ambientarán la tarde, la vida en Cuba despierta de nuevo.
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Las casas coloniales, de dos y tres plantas, bordeadas de aceras con palmeras aparecen decoradas por plantas ornamentales de vistosos colores, mientras que en la zona más cercana a la playa los murales con intensas pinturas, graffittis y decoraciones comienzan a aparecer en las fachadas, para darle al paisaje ese sabor particular que tiene El Caribe.
Historia viva
Al recorrer la capital y a medida que se llega al centro, edificios centenarios, castillos, murallas y monumentos de gran tamaño comienzan a levantarse y los autos desaparecen como por arte de magia. La brisa constante hace que todo parezca vivo: se escucha música en casi todos los rincones y en el centro de la plazuela se extienden numerosos estantes de libros con la historia de la gente que ha habitado esta tierra por varios siglos y la de una revolución que los volvió famosos hace ya 50 años.
La barba de Fidel y el gorro con la estrella de "El Che" son lugares comunes aquí; se encuentran en las tapas de los libros, en los portavasos de los restaurantes y entre los souvenires, donde también aparecen fotografías de las mulatas vestidas de colores, las maracas, los tabacos y las botellas del mejor ron.
Caminar por los cinco kilómetros cuadrados que componen La Habana Vieja, declarada como patrimonio de la Unesco es de por sí todo un placer. Se puede recorrer el Palacio del Gobernador, la Plaza de Armas y la de San Francisco y terminar por el Malecón Habanero.
En el camino, sin excepción, aparecerán figuras particulares de la cultura cubana: militares con trajes antiguos y gafas oscuras, ancianos con tabacos que se abren espacio entre espesas barbas, bailarinas de son, grupos musicales y hasta perros que te saludan mientras decoran la bandera cubana con un botón que tiene el rostro de Obama.
El regreso al hotel puede hacerse en un cocotaxi, un híbrido vistoso entre motocicleta o taxi que permite viajar a una velocidad considerable, tomar buenas fotos y sentir la brisa de la tarde en el rostro.
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