La historia de una pareja de turistas japoneses sirve para ilustrar una situación que lastimosamente es muy común: el abuso a los turistas. Por eso, la industria debe unirse para evitar que este tipo de situaciones continuen.
por Alberto Bosque
Durante las últimas semanas se ha venido hablando en Italia y Japón, de una historia que paso a relatar.
Un día de este abril, dos jóvenes turistas japoneses cenaban en un restaurante del centro de Roma llamado “Il Passetto”. A la hora de pagar, vieron que la cuenta se acercaba a los €700, y que por supuesto, los precios no coincidían con los marcados en el menú.
Sus quejas no fueron atendidas por el personal del restaurante, por lo que decidieron denunciarlo a la policía, que acudió al local certificando que los turistas habían sido engañados, e incluso se cerró el local por deficiencias sanitarias.
La noticia saltó a la prensa japonesa y la imagen de Roma e Italia salió muy perjudicada en aquel país. Se habla aún hoy en la prensa nipona de que comportamientos así han hecho que el turismo japonés, que en el 1997 llegaba a los 2.200.000 turistas, se haya reducido a la mitad.
El Ministerio del turismo italiano, hábil de reflejos, pretendió desde el principio cambiar esa mala imagen e invitó a la joven pareja engañada a visitar de nuevo Italia con todos los gastos pagados.
Sin embargo, los jóvenes japoneses declinaron la invitación, diciendo que no creían que fuera justo que se les pagara un viaje con dinero público, para tapar el comportamiento indecente de una empresa. Creo que este gesto es digno de elogio y constituye una enorme lección de sentido de la justicia y honestidad, fiel reflejo de la forma de ser del pueblo japonés y su conciencia de la importancia de lo social y público por encima de los individualismos. Al final el turista que fue engañado, lejos de aprovecharse de la situación, dio una lección a todo un país, agradeciendo la invitación, pero haciendo lo que le parecía justo en ese momento.
Fue entonces cuando el Ayuntamiento de Roma decidió, a través de su Teniente de Alcalde, invitar a cenar a los dos turistas en su ciudad, Tokio, y ofrecerles así las disculpas de toda la ciudad eterna, por el timo que sufrieron en el restaurante.
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| Guerra a los timadores |
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La historia de una pareja de turistas japoneses sirve para ilustrar una situación que lastimosamente es muy común: el abuso a los turistas. Por eso, la industria debe unirse para evitar que este tipo de situaciones continuen.por Alberto Bosque
Durante las últimas semanas se ha venido hablando en Italia y Japón, de una historia que paso a relatar.
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Sus quejas no fueron atendidas por el personal del restaurante, por lo que decidieron denunciarlo a la policía, que acudió al local certificando que los turistas habían sido engañados, e incluso se cerró el local por deficiencias sanitarias.
La noticia saltó a la prensa japonesa y la imagen de Roma e Italia salió muy perjudicada en aquel país. Se habla aún hoy en la prensa nipona de que comportamientos así han hecho que el turismo japonés, que en el 1997 llegaba a los 2.200.000 turistas, se haya reducido a la mitad.
El Ministerio del turismo italiano, hábil de reflejos, pretendió desde el principio cambiar esa mala imagen e invitó a la joven pareja engañada a visitar de nuevo Italia con todos los gastos pagados.
Sin embargo, los jóvenes japoneses declinaron la invitación, diciendo que no creían que fuera justo que se les pagara un viaje con dinero público, para tapar el comportamiento indecente de una empresa. Creo que este gesto es digno de elogio y constituye una enorme lección de sentido de la justicia y honestidad, fiel reflejo de la forma de ser del pueblo japonés y su conciencia de la importancia de lo social y público por encima de los individualismos. Al final el turista que fue engañado, lejos de aprovecharse de la situación, dio una lección a todo un país, agradeciendo la invitación, pero haciendo lo que le parecía justo en ese momento.
Fue entonces cuando el Ayuntamiento de Roma decidió, a través de su Teniente de Alcalde, invitar a cenar a los dos turistas en su ciudad, Tokio, y ofrecerles así las disculpas de toda la ciudad eterna, por el timo que sufrieron en el restaurante.
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