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por Kevin Mitchell*
{mosimage}Desde la perspectiva del consumidor, el congreso debe insistir en que los departamentos de transporte y justicia no se concentren exclusivamente en la propuesta de fusión de Delta y Northwest, o cualquiera de estas combinaciones posibles como transacciones independientes, como sería el procedimiento normal, sino que en su lugar, incluyan en su análisis las implicaciones para la estructura competitiva de la industria de transportes aéreos, que se derive de una radical consolidación de otros transportadores importantes.
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No cabe duda, Delta-Northwest es la golondrina; si esta transacción anticompetitiva vive, otras seguirán muy pronto, dejándonos en un apocalipsis aviar digno de Hitchcock. Creo que hay razones de peso por las que estas megafusiones serían perjudiciales para los consumidores y no resolverían ninguno de los problemas más graves de la industria.
¿Ilusión o realidad?
Con el debido respeto a los CEO de las aerolíneas, hace mucho perdieron el beneficio de la duda en lo que respecta a las muestras de confianza en relación con las fusiones y sus impactos en los consumidores. El historial que mantienen está lleno de sueños frustrados y promesas rotas. Para entender esto, sólo hay que recordar anteriores comunicados de prensa sobre fusiones en tono festivo seguidos de la triste realidad el lunes en la mañana de centros de operaciones cerrados, comunidades arruinadas, empleados descontentos, mal servicio y, por supuesto, mayores precios. ¡Ah, y cómo se nos olvidaba! lamentaciones de los CEO. Las pretensiones de Delta y Northwest representan el triunfo de la esperanza sobre la experiencia.
Un “juicio precipitado” en lo que respecta a esta propuesta de fusión es una receta infalible para el fracaso de las políticas. Mi organización ha urgido al Congreso a examinar con cuidado y a conciencia los aspectos de la competencia y los consumidores. Esta transacción, y todas las demás que ella atizará, merece apropiados y rigurosos análisis econométricos y de impacto en accionistas. El Congreso no debe permitir que los departamentos de justicia y transporte pongan su sello en esta problemática transacción basándose en los altos precios del petróleo —una infortunada realidad que también requiere una atenta consolidación de políticas. Sin embargo, una cosa parece segura; esta transacción no hará absolutamente nada para remediar los precios del combustible.
El argumento de que una megafusión producirá muchos miles de millones de dólares en eficiencias de redes y costos suficientes no sólo para ofrecer un retorno razonable en una inversión muy riesgosa, sino también suficientes nuevas ganancias adicionales además de contrarrestar los altos precios del petróleo, es algo totalmente fantasioso. ¿Cómo puede haber miles de millones de dólares en ahorros en costos sin aprovechar en dos aerolíneas que acaban de pasar por años de recortes de costos por bancarrota? De igual modo, ¿cómo puede afirmarse que se derivarán inmensos beneficios a escala por megafusiones a menos que se crea que aerolíneas del tamaño de Delta y United son demasiado pequeñas para ser competitivas?
¿Cómo puede aceptarse que hay miles de millones de dólares en sinergias de ingresos cuando no hay planes para reestructurar ninguna red? El costo de la adquisición es de US$3 mil millones, con US$1 mil millones más de costos de implementación. Delta necesita generar un retorno proporcional a esta riesgosa inversión de US$4 mil millones. Así, a menos que Delta pueda convencer a observadores expertos de algo en el orden de los US$5 mil millones en incrementos de ingresos y reducciones de costo fácilmente alcanzables, no hay posibilidades de que esta fusión represente un beneficio para los consumidores o para el interés público.
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El miedo sobre la razón
Algo importante, las megafusiones crean un riesgo de disolución operacional que podría paralizar el sistema nacional de aviación. Los precios del petróleo y la falta de sinergias derivadas de la fusión crearían inmensas presiones para cortar aún más los gastos de implementación, exacerbando los conflictos con grupos de empleados y entre ellos mismos. Las dificultades con la integración de complejos sistemas de computadores y programas de mantenimiento crearían problemas que la reciente debacle del MD-80 de American Airlines pareciera un defecto sin importancia.
Luego vienen los problemas de la competencia. Pasar de 6 a 3 súper mega transportadores facilitaría aún más fácil colar incrementos de tarifas y onerosas políticas a los consumidores, como el requerimiento recién introducido de la estadía de los sábados en la noche. El congreso debería también estar preocupado por que estos súper mega transportadores tuvieran la capacidad de ejercer poder de mercado en mercados adyacentes y llevar los precios a los proveedores por debajo de las tarifas competitivas para las agencias de viajes, proveedores de partes, prestadores de servicios de alimentación y toda clase de participantes en la cadena.
La fiebre está en proceso de reformar toda la industria de aerolíneas en el espacio de unos pocos meses en un ambiente impulsado más por el miedo que por el análisis. Lo que el Congreso debe iniciar es un debate reflexivo y riguroso sobre la creación de una nueva política nacional de aviación, algo que brilla por su ausencia, pero se necesita desesperadamente en los Estados Unidos. En el contexto de ese debate, deben plantearse preguntas duras sobre las consecuencias de esta fusión y las que inevitablemente se sucederán.
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